Coment No. 79, 15 de diciembre de 2001
¿LA CALADA DE LOS HALCONES?
"A quienes los dioses quieren destruir, antes los enloquecen"
(Eurípides).
Puede que haya llegado el día de los halcones. Pobres halcones, tan frustrados por los presidentes estadounidenses, y no sólo por calzonazos demócratas como Clinton o Carter. George W. Bush no envió tropas a China el pasado abril cuando los chinos tuvieron la osadía de derribar un avión espía estadounidense que sobrevolaba su territorio. George Bush, padre, no dio la orden de marchar sobre Bagdad. El propio Ronald Reagan renunció virtualmente a las joyas de la corona cuando se encontró con Gorbachev en Reikiavik; y no hablemos de Gerald Ford. Richard Nixon (junto a su compinche Henry Kissinger) llegó a un acuerdo con Mao Zedong, e incluso firmó aquel peligroso tratado ABM en 1972. La última hazaña valerosa de un presidente estadounidense se remonta a 1945, cuando Estados Unidos arrojó dos bombas atómicas sobre Japón, y fue Harry ("dáles caña") Truman.
Pero Osama bin Laden les hizo a los halcones el favor de movilizar al nacionalismo estadounidense tras su programa "Estados Unidos puede hacer cuanto se le antoje en el mundo porque es la tierra de la libertad, la única patria real de la libertad". Y parece como si los halcones sintieran que por fin ha llegado su hora. El gobierno estadounidense está considerando seriamente la posibilidad de ampliar la guerra a Iraq, si hacemos caso a las clara advertencia del vicepresidente Cheney. Ha renunciado a cualquier apariencia de imparcialidad en el embrollo Israel/Palestina. Y está presionando a sus aliados en todo el planeta, tratando de asegurarse de que no haya ninguna disidencia seria frente a sus decisiones.
Por el momento, la opinión pública norteamericana parece dispuesta a respaldar cualquier machada del poder estadounidense, en cualquier lugar del mundo. Lo que ha triunfado es el éxito. Las fuerzas armadas estadounidenses han derrotado a los kalashnikovs de un montón de muláhs enloquecidos, y han instalado en el poder a lo que probablemente no es sino otro montón de muláhs enloquecidos, pero al menos son los señores de la guerra de Estados Unidos; por el momento, eso es todo. Y bueno, amigos, lo que importa es si estáis o no dispuestos a cooperar con el Pentágono, ¿no? Bien, por el momento parece que han desalojado a los muláhs enloquecidos. Habrá que volver dentro de seis meses para estar del todo seguros.
Más que eso, los estadounidenses parecen dispuestos a denunciar como traidor (o casi) a cualquier ciudadano que plantee dudas acerca de esa política. La supuesta oposición, los demócratas del Congreso, están asustados de que se les pueda acusar de poco entusiasmo con un programa militarista que ni Nixon ni Reagan, por no hablar de Bush padre, se habrían atrevido a poner en práctica cuando eran presidentes. ¡Ay, aquellos viejos tiempos en que Estados Unidos no tenía en el poder más que a tipos como Johnson y McNamara! Los halcones se han puesto realmente serios estos días: no más remordimientos de conciencia, no más vacilaciones intelectuales. Si, mientras están en ello, pueden limitar severamente las libertades civiles en Estados Unidos y verter decenas de miles de millones de dólares del contribuyente a las pobres megacorporaciones en dificultades, mejor que mejor. Pero no es eso lo prioritario, sino mostrar al resto del mundo que lo que dice Estados Unidos va a misa, y el resto del mundo mejor hará en creer que no le importa si no le gusta.
Así pues, para los pocos sensatos que queden todavía, tratemos de evaluar qué sucederá. ¿Lo hará Estados Unidos? Muy posiblemente. ¿Por qué? La agresividad altisonante no suele indicar fuerza sino debilidad. Si el gobierno estadounidense realmente creyera que todo marcha como debe, no necesitaría bombardear Bagdad. No es preciso haber leído a Maquiavelo o a Gramsci para saber que la fuerza no es la forma óptima de controlar el mundo; sólo es la segunda o la tercera alternativa. No voy a reproducir aquí los argumentos que ya expuse en mi Comentario Nº 76 del 1 de noviembre (¿Superpotencia?), y simplemente volveré a decir de nuevo que, a mi juicio, Estados Unidos es actualmente una potencia hegemónica en declive.
Cuando una potencia hegemónica entra en decadencia, sólo tiene ante sí dos alternativas: Adecuarse inteligentemente a la realidad, cosechando los frutos de la anterior acumulación, o tirar la casa abajo. Lo que nuestros halcones proponen es esto último. Algunos de ellos creen quizá que sobrevivirán, junto a sus amigos, al Armagedón, y que tras él seguirán en la cumbre (con algunos "daños colaterales", claro). A otros, más lúcidos, puede que no les importe (Après moi, le déluge! [(Después de mí, el diluvio!)]. Y otros están más locos que el Dr. Strangelove [de la película de Kubrick "Teléfono rojo. Volamos hacia Moscú"].
Estamos viviendo un momento peligroso. No es tan fácil ser un halcón, y no cuentan con tantas oportunidades, después de todo. Éste es uno de esos raros momentos. Si no lo aprovechan, o fracasan, puede que no tengan otra oportunidad como ésta en mucho tiempo. Eso significa, por supuesto, que si se les frena ahora lo peor puede pasar de largo. ¿De qué depende?
Depende del grado de conciencia del peligro, no sólo entre los objetivos inmediatos de destrucción, sino de todos aquéllos que supuestamente pertenecen al campo del gobierno estadounidense: el centro político en Estados Unidos, los gobiernos miembros de la OTAN, los jefes militares que se aperciben de las consecuencias. Y depende del grado de movilización, inteligente y rápida, de aquéllos que Franklin Roosevelt llamaba "la izquierda del centro".
Todos ellos han estado relativamente callados durante los últimos tres meses, en parte por reacción emocional frente a los acontecimientos del 11 de septiembre, en parte por la antipatía mundial hacia los métodos y objetivos de Osama bin Laden, y en parte, más recientemente, por la derrota aparentemente rápida de los talibán. Con eso es con lo que contaban los halcones Si su día ha llegado, hora es de enfrentarse a ellos con una acción vigorosa.
Immanuel Wallerstein (15 de diciembre de 2001).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
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